Ahí está ella nuevamente ─aunque no se percata de mi presencia─ sentada en el mismo sillón, consumida hasta los huesos, callada, con esa mirada desconsolada que me estremece, con ese cojear que la distingue de los demás, siempre sola, metida en sus ideas, muriendo en silencio. Se tortura por su estado, ese llanto continuo, de dolor y angustia, al principio no comprendía, me repetía una y otra vez ¿Cómo es posible que se lamente tanto, teniendo todo y sintiéndose miserable a su vez? Con el tiempo su dolor me causó nauseas y al final se convirtió en lástima, me sentía más afortunado que ella, a pesar de mi estado patético para la mayoría de los hombres.
¡Ah!, quiero salir de esta anonimidad, darle lo que busca, porque sé que es su mayor deseo, pero no puedo, no podría, no debería. Bañarse antes de dormir, siempre tan limpia para nadie, el cuerpo que nadie
quiere. Deja la puerta del baño sin cerrar, empujo suavemente y paso entre vapor de agua caliente, ¡ahí está!, dándome la espalda, una corriente de aire penetra en la habitación y toca su espalda, se da la vuelta, me escondo mientras cierra la puerta detrás de mí, no tengo escapatoria ni marcha atrás. No sabe aún que estoy con ella
en la misma habitación, se seca y veo su cuerpo desnudo, la toalla es arrojada a un lado de mí. ¡Oh!, me ha visto y no se asusta, me mira fijamente, sus movimientos son cautelosos. No puedo escapar, mi corazón late muy deprisa. No puedo huir; toma el mango del trapeador ─con el que siempre seca cuando sale de ducharse─, y sin que pueda reaccionar siento los golpes en mi cuerpo, todo es rápido, no siento más, no puede ser que todo termine así.
Solo quería ayudarla, hablar con ella y darle lo que deseaba, un amigo. Era lógico que terminara así, a quién se le ocurriría adentrarse así y sin más aparecer, qué rata en todo el mundo se le ocurriría semejante estupidez…bueno se le ocurrió al más humano de todos los roedores… a mí.

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